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Jambo Bwana

viernes, junio 25, 2010

Vinos y caballos

Cualquier ciudad es mucho más que los tópicos que se le asocian, como venimos diciendo de forma habitual, pero los tópicos, en cierta medida, describen la esencia de las ciudades. Con más de 200.000 habitantes, Jerez de la Frontera es la ciudad más poblada de la provincia de Cádiz y último destino donde hemos estado para que nuestra hija pequeña viera y disfrutara con los caballos de la Real Escuela Andaluza de Arte Ecuestre



Desde dos ejemplares de caballo de Przewalski, caballo salvaje mongol o Takhi (Equus ferus przewalskii)



hasta los caballos andaluces protagonistas del espectáculo Cómo bailan los caballos andaluces,







todo rezuma a cuidado y limpieza de las instalaciones, incluidas las cuadras.







Como está prohibido fotografiar o grabar durante el espectáculo, hay que aprovechar el descanso durante el mismo para sacar una fotos en las pistas de entrenamiento.







Visita obligada a una de las innumerables bodegas de Jerez. Aunque al parecer la crisis viene dejándose notar, mermando el número de las mismas, todo Jerez es una referencia a sus bodegas y sus vinos con denominación de origen.





La bodega elegida fue Gonzalez Byass (no se puede visitar todas) donde tuvimos ocasión de seguir las explicaciones de la elaboración de un brandy que figura entre nuestros favoritos: Lepanto.





Allí nos enteramos del origen de la palabra brandy, una deformación inglesa de la palabra holandesa brandewijn que significa "vino quemado", en referencia al color que adquiere con el paso del tiempo el producto de la primera destilación de la uva como consecuencia del proceso de oxidación. Y, de paso, del nombre de este brandy como consecuencia de la reproducción del Cristo de Lepanto que se encuentra en dicha bodega.





Todo Jerez es una referencia contínua a vinos y caballos.





Si bien, y como decimos siempre, es mucho más. Y no solo por su catedral o por su alcázar, donde es obligado visitar la cámara oscura. Está por ejemplo el circuito de Jerez o su granja de cocodrilos, la única en España y que nos quedamos con ganas de visitar debido a lo apretado del tiempo. Pero queda pendiente.

Por cierto, en Jerez ya se han empezado a poner las pilas.

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martes, junio 08, 2010

El periplo italiano (seconda parte)

Viene de La boda en Como


La RAE define el término periplo, en su primera acepción, como viaje o recorrido, por lo común con regreso al punto de partida. Y eso es lo que ha sido nuestro viaje a Italia, un periplo con punto de partida en Bérgamo y regreso al mismo:

Bérgamo – Milán – extravío – Piacenza – extravío – muchas horas después – Pratavecchia – Boda – celebración – Saluzzo – Venasca – siestorro – Milán – Bérgamo

Nos habíamos quedado, en la prima parte, en la celebración de la boda. A la mañana siguiente habíamos quedado que vendría Frank, el padre del novio, a recogernos al hotel para ir a Venasca a comer con la familia y los amigos franceses que vinieron a la boda. Como era pronto los intrépidos españoles decidimos hacer una excursión por cuenta propia: Saluzzo.





Saluzzo no es Pratavecchia; además de ser una hermosa ciudad medieval, tiene bares, donde, por fin, más de veinticuatro horas después de pisar, tanto en términos español como italiano (pisciare=hacer pis), tierras italianas, conseguimos tomarnos una cerveza.





Tras un ligero malentendido, acabamos por cuenta propia en Venasca. Mis primas tienen un ligero problema de comunicación. Isabel, española, criada en Francia y habitante en Italia durante muchos años, tiene tal lío idiomático que se dirige a los españoles en italiano, a los italianos en francés y a los franceses en español; eso sí, es una perfecta traductora del italiano al italiano, como hemos comprobado en varias ocasiones.
El caso es que Isabel nos dijo que nos iban a buscar a una hora determinada y a quien tenía que irnos a buscar se le dijo otra muy distinta. Pero pese a eso, llegamos a Venasca; pese a eso y al navegador GPS que parece ser pretendía llevarnos a Benasque.
Fueron unas horas entrañables, de esas que, de durar un poco más, hubiésemos acabado con los típicos cantos regionales. Achuchones, besos, abrazos... las despedidas siempre son emotivas. Y más cuando son en tierras italianas y no hay una nueva boda en perspectiva.
Torino, Milán y, al fin, Bérgamo.



Como llegamos casi al anochecer, tuvimos que conformarnos con un paseo a pie por la zona de marcha, según Carlos (no, el otro Carlos), y que de marcha tenía más bien poca. Cena, helado y/o capuccino. A la mañana siguiente conquistaríamos Bérgamo.





Bérgamo es una hermosa ciudad. A mí me ha gustado mucho. Pese a la incomodidad de su empedrado, la ciudad alta, la histórica, es realmente interesante. Una de las cosas que más me ha llamado la atención es el sottostante orologio solare, construido en 1798 por Giovanni Albrici.





Y del cual no pudimos comprobar su precisión debido a que a la hora en que el rayo de sol pasa por el agujero para indicar la hora y el día, nosotros debíamos estar camino del aeropuerto donde nos esperaba un retraso de hora y media en el vuelo.



Pero bueno, ha estado todo muy bien. Nos hemos reído, hemos disfrutado y hemos conocido ciudades nuevas (algunas más de las previstas). Y como no podía faltar, terminamos con la foto de los intrépidos españoles en Bérgamo.

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martes, junio 01, 2010

La boda en Como (prima parte)

Hemos estado el fin de semana en Italia. Hemos ido a la boda de Alex, un familiar lejano en ambos sentidos: su madre es prima segunda nuestra; y, además, vive muy lejos, en Italia. El destino era Como, en el norte de Italia en la Lombardía. Por esa razón sacamos los billetes de avión a Bérgamo, destino de la línea aérea de bajo coste Ryanair.



La idea era alquilar una furgoneta (íbamos ocho personas en representación de España) para ir hasta Como. Nuestra sorpresa, después de sacar los billetes de avión, era que nuestro sobrino Alex no se casaba en Como sino en Pratavecchia, una frazione de Dronero en la provincia de Cuneo, a 284 kilómetros de Como. Resulta que ni Alex ni nadie de nuestra familia de Italia ha vivido nunca en Como. ¿De dónde la mala interpretación del destino? Seguro que la culpa es de Miguel Ángel, uno de los integrantes de la expedición española.



El viaje no empezó especialmente bien. El madrugón resultó un poco perjudicial para nuestras dormidas neuronas; para empezar, nos pusimos en la cola de embarque para Tenerife. Cuando el mosqueo empezaba a resultar importante al comprobar que todo el mundo se nos colaba, fue cuando nos percatamos de que estábamos en la cola equivocada.
Bueno, no deja de ser una anécdota (una de tantas) dentro de cualquier viaje, de no ser porque el número de anécdotas se fueron sucediendo de forma sucesiva de tal forma que hubo momentos en que dudábamos de llegar a la boda.



Parece impensable suponer que con un Navegador GPS se pueda perder alguien, ya sea en Italia o en la Conchinchina. Bueno, pues nosotros logramos esa proeza: perdernos pese al navegador. Esas cosas pasan por no haber hecho el cursillo de GPS con Boadillaventura.



Al final llegamos a tiempo. Pratavecchia se puede definir con tres palabras: no hay bares; motivo por el que tuvimos que tragarnos toda la ceremonia de la boda que, como nos habían anunciado, es considerablemente más larga que en España (muy considerablemente).



La verdad es que no estuvo mal del todo. A la salida la consabida lluvia de arroz. A este respecto hay que decir que los italianos son un poco brutos: sólo les faltó tirarle los paquetes de arroz enteros a los novios, tal cual.



Felizmente casados, Alex y Laura desaparecieron. Supusimos que para aligerarse del sobrepeso generado por el arroz.



Y nosotros nos dirigimos al banquete, para lo que hay que mencionar que no nos perdimos gracias a que no usamos el Navegador: utilizamos el método tradicional de toda la vida, seguir al coche de delante.
Hay que reconocer que las bodas en Italia son curiosas. Quizás debiéramos decir que la boda en la que estuvimos resultó curiosa, ya que no tenemos más elementos de juicio que la que estamos reportando. Ni que decir tiene que lo pasamos genial. Mi cuñado Carlos, con dos vasos de sangría, se nos transformó en intérprete, esto es, nos interpretaba lo que decían los italianos; nada que ver con el concepto de intérprete en el sentido de traductor.



Pero hay que decir que estuvo todo muy bien, incluso cuando dimos la nota los españoles y vestimos al novio de torero y le cantamos el Porompompero para el que estuvimos ensayando toda la noche cada vez que nos teníamos que salir a la calle a fumar un cigarro. Incluso teníamos preparado un bis para el caso de que nos lo pidieran.



Pero no nos lo pidieron.
Veinticuatro horas después de habernos levantado, conseguíamos pillar la cama para recuperar las fuerzas para el día siguiente. Pero eso se merece otra entrada diferente.


Continuará

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