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Jambo Bwana

domingo, julio 03, 2011

La Dama del Armiño en Madrid

La poco extensa producción pictórica de Leonardo da Vinci se encuentra tan extendida por el mundo como sus famosos Códices. Admirar los cuadros del gran genio del Renacimiento implica viajar a París, Milán, Florencia, Múnich, Londres, Cracovia y San Petersburgo, según se acepte o no su autoría en los dos cuadros que hay en el Museo del Hermitage. París, Milán, Florencia y San Petersburgo son algunas de nuestras chinchetas que figuran en nuestro mapa de lugares visitados. Si a finales de año teníamos la oportunidad de admirar La última cena en Milán, y hace unos meses Anunciación y el impresionante aunque inacabado Adoración de los Magos, hace unas semanas, y sin movernos de Madrid, hemos tenido la oportunidad de contemplar y admirar el célebre La dama del armiño, ubicado en el Museo Czartoryski, de la ciudad polaca de Cracovia.



Rodeado de grandes medidas de seguridad, el cuadro de Leonardo se exhibe en Madrid desde el 1 de Junio en el Palacio Real, dentro de la exposición Polonia: tesoros y colecciones artísticas. Una oportunidad única ya que, tras visitar Berlín y Londres, volverá a Cracovia de donde no volverá a salir en más de diez años. Había que estar y estuvimos.



Como son muchos los recursos en Internet que nos cuentan la historia del cuadro, no vamos a repetirla nosotros aquí. Durante buen rato estuvimos deleitándonos con esta magnífica obra pese a los irresponsables actos de restauración a que ha sido sometida durante su más que curioso pasado. El característico sfumato, más que llamativo en La Gioconda, es una de las principales pruebas de la autoría de Leonardo. Pero, al menos a mí, hay algo en el cuadro que llama poderosamente la atención y sobre lo que no he encontrado importantes referencias. La mano de la dama, sujetando el armiño (más bien se trata de un hurón albino), es una mano varonil, grande y que parece representar la mano de alguien más mayor que lo que refleja el rostro de la dama.





Siendo dos elementos perfectos en sí mismos, parecen mostrar una discordancia. Es como si mano y cara pertenecieran a cuadros distintos. Por más vueltas que le hemos dado, no hemos sido capaces de llegar a ninguna conclusión. ¿Lo quiso así Leonardo? Uno de los muchos misterios que rodean a este gran genio.

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